apetito en invierno

Hay un momento del año en que una ensalada deja de sonar emocionante y por alguna razón, el apetito comienza a descontrolarse.

No porque haya cambiado su composición química ni porque el cuerpo haya decretado oficialmente que el jitomate queda prohibido hasta marzo. Simplemente baja la temperatura, oscurece más temprano, aparecen los panes de temporada, el café huele mejor y una sopa caliente empieza a competir con ventaja frente a cualquier comida fría.

Entonces surge la sospecha: ¿el frío realmente da más hambre o sólo encontramos una excusa bastante elegante para comer más?

La respuesta es menos simple de lo que parece.

El apetito en clima frío puede cambiar por razones fisiológicas, ambientales y de comportamiento. No todas las personas comen más cuando baja la temperatura, ni subir de peso en otoño es inevitable. El cuerpo no funciona como un calendario que ordena almacenar grasa en cuanto sacamos la chamarra.

Lo que sí cambia son muchas pequeñas cosas a la vez: la luz, el movimiento cotidiano, la temperatura, las comidas disponibles, los horarios y hasta el tipo de antojos que asociamos con esta época.

Y ahí empieza la historia.

El cuerpo gasta energía para mantener su temperatura, pero eso no significa que necesites duplicar la cena

Los seres humanos mantenemos una temperatura corporal relativamente estable. Cuando estamos expuestos al frío, el organismo utiliza distintos mecanismos para conservar calor y, en ciertas condiciones, puede aumentar el gasto energético mediante procesos como la termogénesis.

Sí, el frío puede hacer que el cuerpo utilice más energía.

Pero de ahí a pensar que una tarde fresca justifica tres panes dulces hay un trecho bastante amplio.

Gran parte de nuestra vida moderna transcurre en ambientes controlados: casa, oficina, automóvil, transporte, tiendas. No estamos pasando ocho horas a la intemperie en temperaturas bajo cero. En la mayoría de las situaciones cotidianas, ese aumento del gasto energético no suele ser tan enorme como para compensar automáticamente una ingesta mucho mayor.

La paradoja es bonita: sentimos que estamos “quemando más por el frío” mientras pasamos la tarde sentados bajo una cobija.

El cuerpo puede reaccionar a la temperatura. Nuestros hábitos, sin embargo, suelen tener bastante más peso.

¿Por qué aparecen más antojos cuando baja la temperatura?

No existe una única causa.

Parte del fenómeno es cultural. En México asociamos ciertos meses con pan de muerto, chocolate caliente, tamales, atole, buñuelos, ponche y cenas familiares. El otoño no llega solo; llega acompañado de olores, recuerdos y comidas que tienen una carga emocional difícil de ignorar.

Y qué bueno. Comer también es cultura.

El problema aparece cuando confundimos disfrute con automatismo.

También cambia la luz del día. Durante otoño e invierno hay menos horas de luz en muchas regiones, lo que puede modificar rutinas de sueño, horarios y estado de ánimo. Algunas personas sienten más cansancio, se mueven menos o buscan alimentos altamente palatables —ricos en grasa, azúcar o ambos— como una forma rápida de gratificación.

Hay estudios que han explorado variaciones estacionales en ingesta energética y peso corporal. Un trabajo publicado en The New England Journal of Medicine en el año 2000 observó que los adultos estudiados ganaban, en promedio, alrededor de medio kilogramo durante el periodo de fiestas de fin de año. Parecía poco. El detalle incómodo era otro: gran parte de ese aumento no siempre se perdía después.

Medio kilo no arruina la salud.

Repetirlo año tras año, quizá sí vaya contando.

Otoño no engorda. Cambiar cinco rutinas al mismo tiempo puede hacerlo

Es fácil culpar al clima.

Pero pensemos en una semana típica cuando empieza el frío.

Sales menos a caminar porque anochece temprano. Tomas bebidas más calóricas. Las reuniones familiares comienzan a multiplicarse. Hay postres en la oficina. Duermes un poco peor. El domingo que antes usabas para salir ahora se convierte en una tarde de series y botanas.

Nada de eso parece dramático por separado.

Junto, puede modificar bastante el balance energético.

Este es uno de los puntos que más me interesa cuando se habla de hábitos de otoño: no necesitamos convertir cada cambio de estación en un proyecto de transformación física. A veces basta con detectar qué pequeñas costumbres se movieron.

No necesitas empezar “la dieta”.

Quizá necesitas volver a caminar.

apetito grande y otoño

Comer caliente no tiene que significar comer pesado

Existe una asociación curiosa entre comida reconfortante y comida muy calórica.

Pero una sopa de verduras es caliente. Un caldo de pollo también. Los frijoles de olla, una crema preparada sin exceso de grasa, verduras rostizadas, avena o lentejas pueden ser tan reconfortantes como un platillo mucho más denso en calorías.

La sensación de saciedad depende de varios factores. Las proteínas, la fibra, el volumen de los alimentos y la velocidad con la que comemos pueden influir en cuánto terminamos consumiendo.

Un plato con verduras, una fuente de proteína y algún cereal o leguminosa suele tener más capacidad de sostener el hambre que una comida basada casi únicamente en productos refinados.

No hace falta transformar la cena en un laboratorio nutricional.

Una idea sencilla puede ser preguntar: ¿hay algo en este plato que realmente me va a dejar satisfecho dentro de dos horas?

Si la respuesta es “sólo pan y café”, probablemente ya tenemos una pista.

El error de compensar: comer de más y después castigarse

Aquí entra una dinámica muy común.

Una noche cenamos pizza. Al día siguiente decidimos “portarnos bien” y saltarnos el desayuno. Llegamos a la comida con hambre feroz, comemos rápido, aparece culpa y volvemos a restringir. O después de un fin de semana de excesos alguien nos dice que el precio del Mounjaro está bajo.

Es una especie de péndulo: exceso, restricción, exceso otra vez.

Para mantener un peso saludable, ese ciclo suele ser menos útil que una alimentación más estable, sin necesidad de recurri a tratamientos médicos o castigarse por comer un poco de más.

Si una comida fue abundante, la siguiente no tiene que convertirse en penitencia. Puede ser simplemente normal.

Comer con cierta regularidad ayuda a muchas personas a reconocer mejor el hambre real y evita llegar a la tarde con la sensación de que podrían devorar hasta el mantel.

No existe un horario perfecto para todos. Tampoco una frecuencia obligatoria. La idea es evitar que la estrategia para “arreglar” una comida termine provocando otra igual o más abundante.

¿De verdad hay que contar calorías?

No necesariamente.

El control de peso puede abordarse con estimaciones de energía, pero contar cada caloría no es indispensable para todas las personas y, en algunos casos, incluso puede volverse agotador o poco saludable.

Hay estrategias más sencillas.

Servirse una porción y esperar unos minutos antes de repetir.

Comer sentado en lugar de picar directamente desde una bolsa.

Mantener alimentos con proteína y fibra disponibles.

No beber calorías de manera automática durante todo el día.

Dormir razonablemente bien.

Caminar.

Parece demasiado básico. Justamente por eso funciona mejor para mucha gente que un plan diseñado como si estuviéramos preparando una misión espacial.

Varias instituciones médicas han insistido durante años en que el manejo del peso depende de patrones sostenibles de alimentación y actividad, no de soluciones rápidas.

La palabra sostenible importa más que la palabra perfecta.

El sueño también puede meterse en el plato

Dormir poco cambia más cosas que el humor de la mañana.

Distintos estudios experimentales han encontrado que la privación de sueño puede alterar señales relacionadas con el apetito y favorecer una mayor ingesta de alimentos, especialmente aquellos muy densos en energía.

Cuando hace frío es fácil caer en rutinas extrañas: menos luz por la tarde, más tiempo frente a pantallas, cenas más tardías y mañanas en las que levantarse cuesta como si el colchón hubiera desarrollado gravedad propia.

Dormir mejor no garantiza bajar de peso.

Pero dormir mal de forma constante puede dificultar bastante la regulación del hambre.

Si alguien quiere cuidar su peso en otoño, revisar el horario de sueño puede resultar más útil que comprar un suplemento “quemagrasa”.

Mucho menos emocionante, claro. También bastante más sensato.

La actividad física cuenta incluso si no parece ejercicio

Otro cambio típico de estación es el movimiento invisible.

No hablamos del gimnasio. Hablamos de caminar hasta una tienda, subir escaleras, pasear al perro, barrer, ir por un café, salir al parque o simplemente estar menos tiempo sentado.

Ese movimiento cotidiano forma parte del gasto energético diario.

Cuando el frío reduce esas actividades, podemos notar una diferencia sin haber cambiado “formalmente” nuestra rutina de ejercicio.

No hace falta compensarlo corriendo diez kilómetros.

Un paseo después de comer, caminar mientras hablas por teléfono, bajarte una parada antes del transporte cuando sea seguro o hacer algunas tareas de pie ya suma actividad.

La Organización Mundial de la Salud recomienda para adultos al menos 150 a 300 minutos semanales de actividad aeróbica de intensidad moderada, o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, junto con trabajo de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.

No hay que cumplirlo todo de golpe.

Diez, quince o veinte minutos siguen siendo movimiento.

Cómo distinguir hambre de antojo sin obsesionarse

Esta distinción no siempre es tan clara como algunos consejos de internet quieren hacer creer.

A veces tenemos hambre y antojo al mismo tiempo.

La pregunta útil no es “¿esto es hambre verdadera o falsa?”, como si el cuerpo estuviera intentando engañarnos.

Puede ser más práctico observar la experiencia.

El hambre física suele crecer progresivamente y aceptar distintos alimentos. Un antojo puede aparecer de manera más específica: quieres chocolate, pan, papas, no simplemente comer.

Pero tampoco hay que demonizarlo.

Si quieres chocolate, puedes comer chocolate.

Curiosamente, prohibirse algo durante semanas puede hacer que ocupe más espacio mental que comer una cantidad razonable y seguir con el día.

Cuidar el peso saludable no debería requerir vivir discutiendo con una galleta.

comer más en el frío

Una tarde fría puede organizarse mejor sin parecer “dieta”

Imagina dos escenarios.

En el primero llegas a casa con hambre extrema. No comiste bien durante el día. Preparas café, abres unas galletas “mientras decides qué cenar” y cuando finalmente sirves la cena ya consumiste bastante más de lo que habías notado.

En el segundo llegas con hambre moderada porque comiste una comida completa unas horas antes. Preparas algo caliente, cenas sentado y quizá comes un postre pequeño porque te apetecía.

Ambas tardes pueden incluir pan, café o postre.

La diferencia está en el contexto.

Ése es un detalle que muchas dietas extremas ignoran: no sólo importa qué alimentos aparecen, sino cómo llegamos a ellos.

Cuando organizamos mejor comidas, compras y horarios, se necesita bastante menos fuerza de voluntad.

Ojo con las bebidas de temporada

En otoño, muchas calorías empiezan a beberse.

Café con jarabes, chocolate, bebidas con crema batida, atole, ponche muy endulzado. Algunas pueden aportar bastante energía sin generar la misma saciedad que una comida completa.

No significa eliminarlas.

Significa recordar que cuentan.

Una bebida especial ocasional puede formar perfectamente parte de una alimentación equilibrada. Tomarla todos los días junto con la comida habitual ya es otro escenario.

Podemos conservar el gusto y cambiar la frecuencia.

Ese principio, por cierto, funciona con casi todo.

¿Qué hacer si el peso empieza a subir?

Primero, no entrar en pánico.

El peso corporal fluctúa por hidratación, contenido intestinal, consumo de sodio, ciclo menstrual y otros factores. Ver un kilogramo más en la báscula un lunes no significa haber ganado un kilogramo de grasa durante el fin de semana.

Las tendencias a lo largo de semanas son más informativas que un número aislado.

Si la subida se mantiene y no era deseada, vale la pena revisar cambios recientes: porciones, bebidas, sueño, actividad física, consumo de alcohol, frecuencia de comidas fuera de casa.

No necesitas corregir diez cosas.

Escoge una o dos.

Quizá caminar 20 minutos después de cenar y volver a preparar comida en casa algunos días sea suficiente para empezar.

Las estrategias muy agresivas —dietas extremadamente bajas en calorías, ayunos prolongados sin indicación, eliminación completa de grupos de alimentos— pueden producir pérdidas rápidas al principio, pero también son difíciles de mantener y no son apropiadas para todo el mundo.

El mejor plan suele ser bastante menos cinematográfico.

Hay personas para quienes “cuidar el peso” significa otra cosa

No todo el mundo necesita adelgazar.

Quienes tienen antecedentes de trastornos de la conducta alimentaria, bajo peso, embarazo, ciertas enfermedades crónicas, problemas metabólicos o necesidades nutricionales específicas deberían recibir recomendaciones individualizadas.

Si la relación con la comida ya está llena de ansiedad, culpa, atracones o restricciones intensas, convertir el otoño en otra temporada de control puede empeorar el problema.

En ese caso, el objetivo quizá no deba ser pesar menos.

Puede ser comer con regularidad, recuperar señales de hambre y saciedad o trabajar con profesionales de nutrición y salud mental.

El lenguaje de “peso saludable” debería incluir esa realidad. Salud no es únicamente una cifra sobre una báscula.

Tal vez el truco no sea comer menos, sino vivir el otoño de otra manera

Durante años hemos tratado las estaciones festivas como un examen nutricional.

O resistimos todos los antojos y somos disciplinados, o “nos dejamos ir” y empezamos enero arrepentidos.

Esa división es bastante artificial.

Uno puede comer pan de muerto y cenar verduras. Tomar chocolate caliente y salir a caminar. Disfrutar tamales un domingo y comer normalmente el lunes. Mantener ciertos hábitos de otoño sin convertir cada reunión en una negociación con la culpa.

El apetito en clima frío existe dentro de un contexto mucho más grande que la temperatura: sueño, movimiento, emociones, tradición, disponibilidad de alimentos y rutina diaria.

Por eso las soluciones extremas suelen quedarse cortas. Intentan corregir el plato sin mirar la vida que lo rodea.

Tal vez cuidar el peso durante los meses frescos sea algo bastante más cotidiano: notar qué cambió, conservar el movimiento, comer alimentos que realmente sacien y dejar espacio para lo que disfrutamos sin convertirlo en una batalla.

Porque, seamos sinceros, el otoño dura unos meses.

Una relación complicada con la comida puede durar mucho más.

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